El panel de cristal transparente que separaba nuestros despachos se había convertido en un recordatorio constante de mi propia condena.
Carter Sterling estuvo insoportable durante toda la mañana, rozando el límite de la tiranía laboral.
Parecía que su propia decisión de pagarme por fingir lo hubiera vuelto el doble de explosivo, el doble de fastidioso y completamente implacable.
—¡Evans! —su voz rugió a través del intercomunicador por décima vez en menos de dos horas, haciéndome dar un salto