33 La Jaula Dorada

Dereck intentó tomar la maleta de su mano, un gesto que parecía ser un intento de reconectar.

—No es necesario —dijo Isabella, retirando el equipaje antes de que él pudiera tocarla. Sin esperar respuesta, se dirigió hacia el auto, donde el chofer rápidamente tomó la maleta y la guardó en el maletero.

Dereck se quedó mirando su mano extendida, vacía. Apretó el puño. Si Isabella quería jugar a hacerse la difícil, él también podía jugar a ser el esposo paciente. Sin más preámbulos, se deslizó dentro del coche.

El Audi se deslizó con una suavidad traicionera sobre el asfalto. Ambos estaban sentados en el asiento trasero, pero la tensión creaba una barrera invisible entre ellos. Isabella miraba por la ventana, concentrada en el paisaje urbano; Dereck, con las manos entrelazadas sobre su regazo, la miraba con una intensidad que la hacía sentir incómoda.

Dereck rompió el silencio con una voz que sonó más dura de lo que pretendía, luchando por
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