Élise
Día 1 — Salgo de la audiencia con las manos temblando, pero no por el caso. El pasillo del palacio parece más largo de lo habitual, cada paso resuena como un recordatorio de lo que ha sucedido. He dicho cosas esta mañana, he abogado con la misma rigor que ayer, pero al fondo de la sala había ese vacío que me regresa a su mano en su boca, un desbordamiento que ya no sé cómo clasificar.
En la sala de espera, finjo escuchar la conversación de un colega; anoto, asiento, sonrío cuando es necesario. Pero mis pensamientos se desarrollan en otro lugar: vuelvo a ver la bofetada, el golpe seco en su mejilla, el olor de su cuello, el calor de su respiración contra mi oído. Y luego el silencio culpable que siguió, ese instante en el que creí que todo podría ser reparado. No hay reparación posible. No ahora. No después de lo que nos hemos hecho.
Me obligo a respirar, a reenfocarme en los textos, en los artículos. El caso civil exige claridad y frialdad; el tribunal no tolera ni desbordamient