Gabriel
La puerta de mi apartamento se cierra detrás de mí con un golpe sordo. Y por primera vez en meses, tal vez años, me sorprendo sonriendo. No esa máscara social, no esa mueca cínica que muestro en el Consejo o en los pasillos para parecer inalcanzable. No. Una verdadera sonrisa, que proviene de más abajo, más cruda. De mi piel aún marcada por ella. De sus labios. De sus rechazos rotos en confesiones mudas.
Me apoyo un instante contra el marco, cierro los ojos. Aún siento su bofetada en mi mejilla, una quemadura viva, casi deliciosa, tanto que precedió lo que ninguno de nosotros pudo contener. Ella me golpeó, sí. Pero justo después, cedió. Y ese cambio, nunca lo olvidaré.
Cruzo el salón, lanzo mi chaqueta sobre el sillón, aflojo lentamente los botones de mi camisa. Cada gesto es una reminiscencia. Su aliento entrecortado contra mi garganta. Sus dedos crispados en mi nuca antes de empujarme. Sus labios entreabiertos, a mitad de camino entre el insulto y el gemido. Ella me odia, me