Gabriel
La puerta de mi apartamento se cierra detrás de mí con un golpe sordo. Y por primera vez en meses, tal vez años, me sorprendo sonriendo. No esa máscara social, no esa mueca cínica que muestro en el Consejo o en los pasillos para parecer inalcanzable. No. Una verdadera sonrisa, que proviene de más abajo, más cruda. De mi piel aún marcada por ella. De sus labios. De sus rechazos rotos en confesiones mudas.
Me apoyo un instante contra el marco, cierro los ojos. Aún siento su bofetada en mi