Élise
El día había amanecido como una promesa que no se cumple: pálido, húmedo, se deslizaba por las fachadas del palacio de justicia sin aferrarse. Había repetido mis argumentos una última vez en el ascensor, las páginas arrugadas entre mis dedos como un vendaje sobre una herida. Me decía que el día sería una sucesión de gestos mecánicos: recibir el expediente, escuchar, replicar, y que la vida íntima volvería a encogerse cuando los persianas se cerraran.
Lo crucé en el pasillo que conduce a l