Élise
El día había amanecido como una promesa que no se cumple: pálido, húmedo, se deslizaba por las fachadas del palacio de justicia sin aferrarse. Había repetido mis argumentos una última vez en el ascensor, las páginas arrugadas entre mis dedos como un vendaje sobre una herida. Me decía que el día sería una sucesión de gestos mecánicos: recibir el expediente, escuchar, replicar, y que la vida íntima volvería a encogerse cuando los persianas se cerraran.
Lo crucé en el pasillo que conduce a la sala 6. No era un azar teatral, solo el movimiento obligado de dos flujos que se rozan en la arquitectura del tribunal. Estaba apoyado en la barandilla, un expediente bajo el brazo, la chaqueta ligeramente deshecha como un caballero que ha perdido su yelmo. Nos reconocimos con una sola mirada, como si la bofetada hubiera grabado una firma en la piel de nuestros recuerdos.
El ruido a nuestro alrededor cesó, no porque el mundo se hubiera detenido, sino porque toda la atención se concentró en el