Capítulo 3

Un deportivo blanco entró en el patio de la casa de dos pisos donde vivía su novia. Un hombre con gafas descendió del asiento del conductor con pasos tranquilos y seguros. Su mirada era serena, su rostro apacible, y su porte irradiaba una autoridad que no necesitaba exhibirse. Su bata blanca favorita había quedado cuidadosamente colgada en el asiento trasero; no soportaba la ropa arrugada, por mínima que fuera la arruga.

Sin embargo, Rowan se detuvo en seco cuando el ruido de un altercado dentro de la casa alcanzó sus oídos.

«¿Qué está pasando aquí?»

Frunció profundamente el ceño y dirigió la mirada hacia la puerta principal, entreabierta.

«¿Debería entrar ahora mismo?»

Desde dentro llegaban voces alzadas, cargadas de tensión. Luego sonó un golpe seco, como una bofetada lanzada sin piedad. Rowan se estremeció por reflejo. Su desconcierto se transformó en un rechazo inmediato.

Apenas cruzó el umbral, una escena desagradable lo recibió de lleno.

Una mujer acababa de recibir una fuerte bofetada en la mejilla.

Su mandíbula se tensó al instante. De no haber recordado el motivo de su visita, quizá ya habría avanzado sin pensarlo.

Para él, un verdadero hombre jamás levantaba la mano contra una mujer. Quien lo hacía no era más que un cobarde disfrazado de autoridad.

«Ah... por fin llegaste, cariño».

Aquella exclamación melosa rompió su concentración. Vivian corrió hacia él con el rostro iluminado. Sin más remedio, Rowan le devolvió una sonrisa leve y aceptó el abrazo que ella le rodeó alrededor del cuerpo, aunque no respondió con demasiada efusividad.

«¿Llevas mucho esperando?», preguntó Vivian alegremente.

«No», respondió Rowan con brevedad.

Pero por el rabillo del ojo seguía observando a las personas reunidas en medio de la sala. Incluida la mujer que acababa de ser golpeada. Ahora subía las escaleras con pasos apresurados, probablemente rumbo a su habitación.

Qué pena, pensó Rowan. ¿Qué error tan grave habría cometido para que la trataran así?

«Menos mal». Vivian soltó un suspiro de alivio. «Ha surgido un pequeño problema en esta casa». Frunció los labios, como si lo ocurrido no tuviera importancia.

«Te hablé alguna vez de mi cuñada, ¿verdad? ¿Luciana?»

Ah.

Así que aquella mujer era Luciana. La cuñada de Vivian. La mujer que acababa de ser humillada delante de todos.

Rowan lanzó una breve mirada hacia la escalera y enseguida volvió a controlar su expresión. Llevaba apenas tres meses saliendo con Vivian Russo y, para ser sincero, todavía no estaba del todo convencido de aquella decisión. Pero al menos esa relación había conseguido que sus padres dejaran de insistir con matrimonios concertados.

«Vamos», lo animó Vivian con entusiasmo mientras se aferraba con fuerza a su brazo. «Estoy deseando presentarte a mi familia».

Vivian no parecía en absoluto afectada por lo que acababa de pasar. Como si Luciana mereciera ser expulsada de aquella casa. En su mente, Luciana ya no servía para nada. Muy distinto a Marcella, la mujer que pronto sería su cuñada y que llevaba en el vientre al futuro bebé de la familia Russo.

Vivian apenas podía contener su alegría.

Rowan decidió seguir el juego que Vivian marcaba. Pero la curiosidad por el drama que acababa de presenciar seguía intacta.

¿Qué demonios estaba ocurriendo en esa casa?

«Mamá, te presento... él es Rowan».

Vivian habló con el rostro radiante. Su mano seguía colgada con afecto del brazo del atractivo hombre a su lado.

«Oh, Dios mío». Camilla se llevó una mano a la frente con suavidad. «Hasta olvidé algo tan importante. El novio de mi hija ha venido de visita y no he preparado nada».

Rowan le dedicó una sonrisa cortés.

«Perdone si mi llegada causa molestias, señora».

«Oh, en absoluto». Camilla negó enseguida con la cabeza. «Nunca me incomoda recibir visitas, y menos a alguien como tú».

Le tendió la mano.

«Soy Camilla Russo, la madre de Vivian. Y supongo que ya sabes quién es mi hijo, ¿verdad?»

«Por supuesto».

Rowan estrechó la mano de la mujer con educación.

«El CEO de JnP Holding. Su nombre está ganando mucha relevancia entre los jóvenes empresarios».

Camilla rio complacida, y el orgullo se reflejó claramente en su rostro.

Mientras tanto, Dante y Rowan intercambiaron miradas.

Puede que Dante tuviera un rostro atractivo, casi esculpido a la perfección, pero a los ojos de Rowan no era más que un cobarde que solo sabía mostrar fuerza para intimidar a una mujer, no para protegerla.

Y Rowan detestaba a hombres así.

Aunque, por supuesto, no dejó traslucir ni una pizca de su desprecio.

«Eres demasiado modesto, doctor Rowan».

Dante extendió la mano. Rowan la aceptó con un apretón igual de firme, mientras una leve sonrisa seguía dibujada en sus labios.

«Todavía no estoy al nivel de quienes están en la cima», continuó Dante con absoluta seguridad. «Pero algún día mi nombre estará a la altura del suyo».

«Estoy seguro de que lo lograrás», respondió Rowan con calma.

«¿También conoces a Marcella?», interrumpió Camilla.

Rowan dirigió la atención hacia la hermosa mujer de rojo, cuyo vestido tenía un escote bastante pronunciado, de pie junto a Camilla.

«Sí, la conozco».

Marcella soltó una risita.

«Fuimos compañeros de universidad en Nueva York, señora».

Camilla alzó aún más el pecho, henchida de orgullo.

«Ah, claro. Eres graduada de una universidad extranjera. Es natural que tengas conocidos influyentes y de todas partes».

Enseguida tomó a Marcella del brazo con orgullo.

«¿Sabes, Rowan? Marcella muy pronto será mi nuera».

Rowan parpadeó, confundido por un instante, pero enseguida lo disimuló con una sonrisa amable.

«Entonces... ¿debería felicitaros desde ya?»

Marcella agitó la mano con elegancia.

«Yo más bien espero que tu relación con Vivian termine en el altar. Si eso ocurre, nos convertiremos en familia, Rowan».

«Ah, no veo la hora de que eso pase».

Vivian se colgó del brazo de Rowan con gesto mimoso, mirándolo llena de ilusión.

«¿Verdad, cariño?»

Rowan volvió a mostrar su mejor sonrisa. Una sonrisa cortés que no revelaba nada de lo que realmente pensaba.

«Será mejor que conversemos en la sala de estar. Estoy seguro de que Rani ya ha preparado algunos aperitivos».

Camilla llamó de inmediato a la jefa del servicio de la casa. Pero antes de que pudieran dirigirse a la sala ubicada en un rincón de aquella lujosa residencia, el sonido de unas ruedas de maleta descendiendo por la escalera principal llamó la atención de todos.

Una mujer bajaba los escalones con dificultad, arrastrando una maleta casi demasiado grande para llevarla sola.

Luciana.

Una vez más, aquella mujer se convirtió en el centro de todas las miradas.

Incluida la de Rowan, que ahora podía verla con mucha mayor claridad. Se quedó inmóvil un instante.

Y confirmó lo que ya sospechaba: era ella a quien Dante había abofeteado sin piedad.

«Empacaste muy rápido».

Vivian sonrió con abierta satisfacción.

«Mejor así. No tendré que seguir viéndote merodear por esta casa».

Luciana no respondió.

Su mirada recorrió lentamente uno por uno los rostros que tenía delante. Había una persona desconocida entre ellos, pero no le importó. Toda su atención estaba puesta en quienes alguna vez habían formado parte de su vida.

Sobre todo en Dante Russo.

El hombre al que una vez amó con toda el alma.

Luego en la hermosa mujer que estaba a su lado.

Marcella se aferraba al brazo de Dante con gesto dulce, luciendo una expresión encantadora y seductora. Pero cuando sus ojos se encontraron, miró a Luciana con una victoria desnuda en la mirada.

«¡Rani!», llamó Camilla con sequedad.

La jefa del servicio acudió de inmediato.

«¿Sí, señora?»

«Revisa la maleta de Luciana». La voz de Camilla fue fría, sin el menor pudor. «Asegúrate de que no haya nada valioso dentro. No permitiré que esa mujer se lleve cosas de esta casa».

Las manos de Luciana se cerraron con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus propias palmas.

Jamás imaginó que llegaría a sufrir una humillación semejante.

Cuando Rani se acercó, la mujer de mediana edad la miró con una compasión que no alcanzó a ocultar. Pero Luciana solo asintió levemente y le dedicó una suave sonrisa, como tranquilizándola para que cumpliera su deber sin temor.

«No me interesan las cosas de esta casa», dijo Luciana en voz baja.

«Qué orgullosa eres», resopló Vivian poniendo los ojos en blanco. «Estoy segura de que, cuando salgas de aquí, vivirás peor que una mendiga».

Marcella soltó una risita divertida.

Dante permaneció en silencio.

Se limitó a quedarse allí, observándolo todo como si nada tuviera que ver con la mujer con la que una vez se casó.

«Mejor así».

Camilla volvió a cruzarse de brazos. Sus ojos no se apartaban de Rani mientras revisaba la maleta de Luciana. Y, tal como ella había dicho, no había nada dentro aparte de su propia ropa.

«N... no hay nada, señora», informó Rani con la cabeza inclinada.

También a ella le dolía presenciar aquel trato. Luciana siempre había sido amable con el personal de la casa, jamás levantaba la voz y nunca complicaba la vida de nadie. Pero Rani no tenía poder para defenderla. No era más que una empleada que aún necesitaba el salario de aquella casa.

Camilla agitó la mano, indicándole que se apartara.

La maleta volvió a quedar cerrada con pulcritud.

Lista para que Luciana se la llevara lejos de la casa que una vez creyó sería su hogar para siempre.

Por última vez, Luciana alzó la vista hacia el techo de aquella casa. El lugar que había imaginado lleno de risas, de niños y de una vejez compartida con el hombre que amaba. El lugar al que llamaba hogar en sus oraciones.

Por desgracia... todo eso solo existió en sus sueños.

Una sonrisa amarga asomó en sus labios.

«Me voy».

La voz de Luciana sonó tranquila, mucho más tranquila que el caos de su corazón destrozado.

«Espero... que no se arrepientan de haberme hecho todo esto».

«¡Ja!»

Camilla chasqueó la lengua con fuerza.

«¿Nosotros? ¿Arrepentirnos?»

«¿Perdiste la noción de la realidad, Luciana?», dijo Vivian mirándola con una mezcla de desprecio y extrañeza. «Lárgate de una vez. Mi hermano ya se divorció de ti, ¿no? Ya no tienes ningún derecho a seguir en esta casa».

Luciana esbozó una leve sonrisa.

«Tienes razón».

Apretó con fuerza el asa de la maleta. Luego, por última vez, miró al hombre que permanecía allí de pie. No había defensa, ni arrepentimiento, ni una sola palabra de Dante para ella.

Ah, Luciana...

Qué miserable se había vuelto tu vida.

Y aun así...

«Gracias por todo, Dante».

Su voz sonó ligera, pero cada palabra llevaba una herida profunda.

«Procura no venir jamás a suplicarme en el futuro».

Se dio la vuelta sin vacilar y arrastró la maleta hacia la salida con paso firme. Aunque el corazón se le hubiera desgarrado hasta perder la forma, no pensaba regresar jamás. La traición y la humillación que había soportado ese día eran más que suficientes.

En el instante en que puso un pie fuera de aquella casa, Luciana juró que todos ellos lamentarían lo que habían hecho.

Era una promesa.

«¡Espera, Luciana!»

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