Aquel lugar clandestino bajo el puente, en los arrabales más olvidados de la ciudad, guardaba el rugido de los motores como un secreto peligroso. Era un pulso vivo en la noche, un latido acelerado que vibraba en el aire cargado de humo y gasolina. Ana bajó del BMW con un nudo apretado en el estómago. La sudadera gris y los tenis gastados se sentían ridículos entre tanto acero y adrenalina. El sitio la observaba, como si supiera que ella no pertenecía a ese mundo de velocidad y sombras.
Alberto,