El aroma a neumático quemado y cerveza rancia flotaba en el aire como un manto cálido pero ajeno, envolviendo a Ana en un abrazo que no deseaba. Las luces tenues de los autos modificados bailaban sobre el asfalto agrietado, y entre las sombras, los mirones susurraban entre tragos y pantallas de computadoras. Ella seguía a Alberto, los tenis gastados chirriando contra el suelo como un recordatorio constante de que no pertenecía a ese mundo. Cada paso le pesaba. Cada mirada ajena la desnudaba.
Alb