El día era soleado, pero en mi cabeza sólo había sombras.
Ya no era la mujer rota que lloraba en el baño; era una mujer con el nombre manchado, el orgullo hecho trizas y una venganza legal en plena gestación. El sol me daba en la cara y no me calentaba: estaba fría por dentro, calculando.
Estoy sentada en un bar discreto, con anteojos oscuros y un cuaderno abierto. Frente a mí, Ian —mi aliado más inesperado— revisa la pantalla de la laptop con esa calma que resulta amenazante. Entre papeles, ca