No dormí.
Podría decir que fue por los nervios de la entrevista, pero no. Fue por la ansiedad de sentir que, poco a poco, por fin se iba a hacer justicia.
Y esa mirada de Sebastián...
Aún podía sentirla como un hilo invisible enredado en mi cuello, tirando con la fuerza exacta para recordarme que el juego todavía no terminaba.
A las siete de la mañana, Ian ya estaba en mi departamento, esperándome para ir juntos a la entrevista. Él, como siempre, con un café cargado en la mano.
—No quiero que