No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Renata apareció en mi puerta, temblando, jurando que quería ayudarme.
No había dormido, otra vez.
Cada sombra en mi casa me parecía una amenaza.
Cada ruido, un presagio.
Pero nada, nada, me preparó para lo que vería esa mañana.
El teléfono no dejaba de sonar. Mensajes, notificaciones, titulares.
Cuando abrí las redes, lo vi.
Una imagen congelada de Sebastián y Renata, sentados juntos, sonriendo frente a las cámaras.
El titular me atravesó c