No había dormido.
Ni siquiera podía cerrar los ojos sin ver ese mensaje en la pantalla:
“Muy buen show, Alma. Pero el público no sabe toda la verdad. TODAVÍA.”
La voz de Sebastián seguía en mi cabeza, como una serpiente que se desliza despacio por el cuello.
Había algo en el aire… una electricidad que olía a peligro.
A la mañana, el timbre sonó con insistencia.
Tres veces.
No esperaba a nadie.
Cuando abrí la puerta, sentí que el suelo se me movía.
Renata.
Estaba parada ahí, con lentes oscuros,