Eran las ocho de la mañana y estaba parada frente a la puerta de la oficina de la fiscal Lucía Barrenechea. El frío de la calle apenas me rozaba, porque lo que me quemaba era la certeza de que ese encuentro podía cambiarlo todo.
Lucía abrió la puerta sin demasiada ceremonia.
—Adelante. No perdamos tiempo —dijo con voz seca, de esas que no piden permiso.
Entré y me senté frente a su escritorio. Tenía varios expedientes abiertos, la laptop encendida y una mirada que podía atravesar cualquier ment