Tras la última serie de visiones, Diego no podía quedarse quieto. Había algo que lo llamaba, un impulso que nacía en lo profundo de su pecho, como una brújula invisible guiándolo hacia lo desconocido. Estaba seguro de que el quinto y sexto guardián estaban cerca. Lo había visto en fragmentos de sueños, en símbolos que se revelaban a medias, en paisajes que se desdibujaban antes de que pudiera comprenderlos del todo.
Sentado en una esquina del refugio, con un mapa improvisado sobre la mesa y las