La ciudad de Santa Oria yacía en silencio. Las calles, normalmente bulliciosas y llenas de vida, ahora estaban vacías, desmoronadas por la destrucción. Los edificios, alguna vez orgullosos y bien cuidados, mostraban cicatrices profundas, ventanas rotas y paredes llenas de grietas, como si todo estuviera a punto de colapsar. La niebla, que ya no era tan espesa, aún se arrastraba por el suelo, como un recordatorio de la oscuridad que había cubierto a la ciudad. El aire estaba impregnado con el ol