El eco de sus pasos resonaba en el suelo de piedra fría mientras Diego, Aitana, Elías y Alma cruzaban el umbral de la iglesia. Las puertas pesadas se cerraron a sus espaldas con un crujido metálico, como si los estuvieran encerrando en un lugar donde lo sagrado había sido olvidado hacía mucho.
La penumbra dentro del templo estaba apenas rota por la luz mortecina que se filtraba a través de los vitrales rotos, creando formas quebradas y sangrientas en el suelo. La humedad impregnaba el aire, mez