El eco de sus pasos resonaba en el suelo de piedra fría mientras Diego, Aitana, Elías y Alma cruzaban el umbral de la iglesia. Las puertas pesadas se cerraron a sus espaldas con un crujido metálico, como si los estuvieran encerrando en un lugar donde lo sagrado había sido olvidado hacía mucho.
La penumbra dentro del templo estaba apenas rota por la luz mortecina que se filtraba a través de los vitrales rotos, creando formas quebradas y sangrientas en el suelo. La humedad impregnaba el aire, mezclándose con un olor a ceniza y a hierro oxidado.
Aitana fue la primera en notarlo.
—Los símbolos… —susurró, rozando con los dedos la pared lateral de la nave central. Un relieve gastado, oculto entre capas de polvo y hollín, brillaba débilmente. La misma forma que cargaban en su piel se repetía allí, más antigua, más viva.
Alma se estremeció.
—No son simples grabados… sienten nuestra presencia.
Diego apretó la mandíbula. La visión de la muerte de Aitana aún le taladraba la mente como una daga.