La noche estalló en un rugido.
Los primeros gritos llegaron como ecos lejanos, distorsionados por la interferencia de las radios. Un operador militar en la frecuencia de emergencia tartamudeaba entre palabras entrecortadas y sonidos de estática:
—¡Están por todas partes! ¡Repito, están...! ¡No hay salida!
Ashen sostenía con fuerza el transmisor, los nudillos blancos, el rostro pálido, y la mirada fija en el punto vacío frente a ella. Aitana, que estaba a su lado, dejó caer el termo de agua cali