La ciudad de Santa Oria quedaba a espaldas de los guardianes, pero el aire seguía trayendo ese olor acre y putrefacto que parecía impregnarlo todo. Alma había guiado a Diego, Sasha, Aitana y Elías hasta un barrio que alguna vez debió ser próspero: casas de dos plantas, veredas limpias, plazas con árboles altos… pero ahora no quedaba más que la ruina.
El asfalto estaba rajado y cubierto de charcos oscuros, los faroles torcidos iluminaban apenas con un parpadeo agónico, y las paredes estaban ador