El motor del auto rugía entrecortado, como si también tuviera miedo de avanzar por ese camino. A los costados, el bosque se extendía como un laberinto de sombras vivas. Árboles torcidos, ramas como garras, y esa niebla que, aunque más tenue que antes, parecía seguirlos desde lejos.
Lara iba sentada sobre las piernas de Sasha, con los brazos rodeando su cuello. Tenía los ojos bien abiertos, pero no decía nada. Emilia, se había dormido apoyada en el pecho de Eugenia, aunque su manito seguía apret