La casa estaba en silencio. Un silencio pesado, como si los muros se hubieran quedado sin alma después de lo ocurrido. El aire olía a madera quemada, sangre seca y algo más… algo imposible de definir. Afuera, la niebla comenzaba a disolverse a medida que el amanecer rompía el cielo.
Diego empujó la puerta principal, apuntando con el arma, por si la criatura aún merodeaba. El patio estaba cubierto por restos de escarcha, y las ramas de los árboles parecían manos congeladas alzadas al cielo. No