El camino se volvía cada vez más denso, y aunque habían recorrido buena parte hacia la cantera, algo en el aire se sentía diferente. El cielo, sin previo aviso, se tornó gris oscuro, como si la noche hubiera caído de golpe. La niebla avanzó veloz, espesa, implacable, envolviéndolo todo en cuestión de minutos.
Diego sujetaba el volante con fuerza. El auto avanzaba con lentitud, pero no podían detenerse. Las ramas parecían susurrar entre sí, y los gritos, esos gritos que se perdían entre la espes