CAPÍTULO 50 — Lo que callan las hijas
Fatima la observaba desde la mesa de enfrente, sin decir nada. Había aprendido a no presionarla cuando la notaba así: distante, perdida en sus pensamientos, como si luchara contra algo invisible.
El sonido de unos pasos en el pasillo interrumpió el silencio. La puerta se abrió despacio.
— ¿Isabella?
La voz de su madre resonó suave, pero con esa mezcla de dulzura y autoridad que nunca la abandonaba.
— Mamá… pasa —dijo Isabella, intentando esbozar una sonrisa