CAPÍTULO 227 — El lenguaje de la piel y el retorno al hogar
El motor del deportivo de Gabriel ronroneó suavemente en el silencio del estacionamiento, pero él no puso la marcha. Sus manos aferraban el volante con fuerza, los nudillos blancos bajo la luz tenue de la farola. Miraba hacia arriba, hacia la ventana del tercer piso donde la luz cálida del salón de Isabella aún brillaba como un faro en la oscuridad de la noche.
Tenía esa sensación opresiva en el pecho, ese nudo familiar de cuando uno sabe que está cometiendo un error, no por acción, sino por omisión. ¿Por qué se estaba yendo?
Había pasado el día perfecto. Había reído, había cocinado, había bañado a su hija. Había sentido la conexión con Isabella, esa electricidad estática que siempre había existido entre ellos y que hoy había chisporroteado con más intensidad que nunca durante la cena. Ella lo había mirado de una manera diferente. No con cautela, no con dolor, sino con… deseo. Un deseo tímido, quizás, pero innegable.
— ¿Qué e