CAPÍTULO 220 — El acercamiento forzoso
Isabella maniobraba con la destreza que la maternidad le había impuesto: cargaba a la niña dormida en un brazo, empujaba el cochecito plegado con la cadera, y llevaba su bolso de trabajo y la pañalera colgados del hombro libre, haciendo malabarismos con el peso de su vida.
— Vamos a casa, pequeña —susurró, besando la frente tibia de su hija mientras presionaba el botón del ascensor con el codo.
Las puertas de metal se abrieron con un chirrido familiar. Isabella entró, suspirando de alivio al soltar el cochecito en una esquina. El espacio era reducido, una caja de madera y espejos típica de los edificios históricos restaurados, pero suficiente para ellas dos. Marcó el piso de su departamento, el tercero.
El ascensor comenzó a subir con su habitual zumbido eléctrico. Piso uno. Piso dos…
Y de repente, el ascensor se detuvo.
No fue un golpe, sino una parada suave y progresiva, seguida del apagón inmediato de las luces principales, dejando solo la ten