CAPÍTULO 221 — La vigilia compartida y los lazos invisibles
Para Isabella, entrar en ese apartamento por segunda vez era como caminar sobre un campo minado emocional. La primera vez había sido el escenario de su mayor humillación, el lugar donde vio a Bárbara y donde su corazón se rompió con el sonido de un grito. Pero hoy, la atmósfera era diferente. No había música clásica melancólica, no había botellas de whisky sobre la mesa, y definitivamente no había amantes ocultas. Solo había silencio, la luz suave de las lámparas regulables y una calidez doméstica que intentaba abrirse paso entre los recuerdos dolorosos.
Gabriel cerró la puerta tras ellos, dejando fuera el caos de la noche.
— Bienvenidas —dijo él, dejando las llaves en la consola de entrada con un cuidado excesivo, como si temiera hacer ruido y romper la tregua—. Siéntanse como en casa. De verdad.
Isabella asintió, sosteniendo a Victoria contra su pecho.
— Gracias, Gabriel. El aire acondicionado se agradece.
Gabriel la ayudó