CAPÍTULO 185 — La inocencia de un gesto
Isabella estaba sentada en la mecedora, observando con una sonrisa embelesada cómo Camila terminaba de secar a su hijo después del baño. El aire olía a flores silvestres, a talco y a esa fragancia dulce y limpia que solo los bebés poseen y que actúa como un bálsamo para el alma.
— ¡Listo! —exclamó Camila, abrochando el último botón de un trajecito de punto azul cielo con un pequeño oso bordado en el pecho—. Ahora sí, eres el caballero más guapo de toda la ciudad.
Fabrizio, soltó un gorgorito de satisfacción y agitó sus piernitas regordetas en el aire. Isabella sintió que el corazón se le ensanchaba. En unos meses, sería ella quien estaría realizando ese ritual sagrado del baño, secando pliegues suaves y besando pies minúsculos.
— Es perfecto, Cami —dijo Isabella, levantándose para acercarse al cambiador—. Déjame ver a mi ahijado.
Isabella le hizo cosquillas suaves en la barriga, y el bebé le respondió con una sonrisa desdentada que iluminó la ha