CAPÍTULO 185 — La inocencia de un gesto
Isabella estaba sentada en la mecedora, observando con una sonrisa embelesada cómo Camila terminaba de secar a su hijo después del baño. El aire olía a flores silvestres, a talco y a esa fragancia dulce y limpia que solo los bebés poseen y que actúa como un bálsamo para el alma.
— ¡Listo! —exclamó Camila, abrochando el último botón de un trajecito de punto azul cielo con un pequeño oso bordado en el pecho—. Ahora sí, eres el caballero más guapo de toda la