CAPÍTULO 182 — Una vida en silencio
Gabriel estaba de pie junto al ventanal, observando el tráfico de la ciudad convertirse en un río de luces rojas y blancas. En su mano derecha sostenía su teléfono celular. La pantalla se iluminaba y se apagaba rítmicamente bajo la presión de su pulgar, dudando, temiendo, deseando.
Habían pasado tres días desde la final del reality show. Tres días en los que la imagen de Isabella se había tatuado en su cerebro con una tinta indeleble.
Gabriel no había asistido a la gala. Su orgullo, herido por la supuesta traición de Isabella y por el desastre de su relación con Bárbara, le había impedido ir. Pero la había visto. Oh, sí que la había visto.
Se había encerrado en su penthouse, con una botella de agua mineral —había dejado el whisky de lado, temeroso de los fantasmas que el alcohol despertaba— y había encendido el televisor gigante de la sala. Había visto el programa de principio a fin, torturándose voluntariamente.
Y lo que vio lo dejó sin aliento.
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