CAPÍTULO 142 — La sonrisa del lobo
Isabella caminó con la espalda recta, el mentón erguido y los labios firmes. Por dentro, su corazón aún estaba hecho trizas, pero nadie —y menos que nadie Bárbara— tenía por qué saberlo.
Fatima caminaba a su lado, impecable, con una seguridad que no era solo para ella, sino prestada para Isabella. Ambas habían llegado con minutos de sobra. Isabella sabía que no podía permitirse llegar tarde, ni nerviosa, ni vulnerable. Hoy tenía que ser piedra. O acero.
Cuando