Había empezado a atardecer y el sol que se había convertido en una esfera roja, no me permitía apartar la mirada del cielo y los trazos que se dibujaban en tonos naranjas y rosas. Luego de salir de la cafetería y haber llorado un poco me sentía serena, liviana, como si pudiera separar los pies del suelo en cualquier momento.
Matteo no volvió a hablar luego de salir del local y no me molestaba, solo lo había visto de reojo un par de veces y él se veía tranquilo. Caminabamos sin rumbo fijo, envue