El reloj mental que gobernó mi vida por años, hizo que mi cuerpo se levantara en modo automático. Avancé directo a la cocina para preparar el desayuno.
Llegué a la encimera, extendí la mano hacia donde debía estar la cafetera de Nicolás.
Fue en ese momento, que detallé mi alrededor: encimeras de cuarzo, claridad matutina a través de grandes ventanales, reflejándose en superficies que no me eran propias.
No estaba en mi casa.
La melancolía se había ido, sustituida por una sensación de paz.
Rev