Capítulo 51

El crujido del tabique de Castellanos rebotó bajo mi puño y la vibración recorrió mi brazo cual descarga eléctrica. Nicolás trastabilló, llevándose las manos a la cara; la sangre empezaba a brotarle entre los dedos, manchando su estúpida camisa de seda. Lanzó un derechazo, abriéndome la piel del pómulo. El calor de su golpe alimentó la hoguera.

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