Minutos antes de que Elena disparara a la puerta blindada...
Ingrid corría por los pasillos inferiores, cojeando y maldiciendo. El sistema de ventilación traía el olor a sangre y pólvora de la batalla de arriba. Su plan se había desmoronado. La manada de Europa estaba arrasando el edificio y los inhibidores de frecuencia habían neutralizado su ventaja.
—¡Julian! —gritó ella, llegando a la puerta de la sala de contención biológica—. ¡Tenemos que irnos! ¡El helicóptero está en la azotea!
Ingrid tecleó el código de emergencia y la puerta se abrió. Esperaba encontrar a Julian empacando discos duros o dinero.
Lo que encontró la hizo detenerse en seco, paralizada por un terror que nunca había sentido ante ningún Alfa.
El laboratorio estaba destrozado. Las camillas de acero estaban dobladas como clips de papel. Y en el centro, bajo una luz parpadeante, estaba Él.
Julian ya no llevaba su traje italiano impecable. De hecho, apenas llevaba piel humana. Había crecido hasta los tres metros. Su cu