Mientras en Finlandia los lobos aullaban a la luna celebrando la vida, a tres mil kilómetros de distancia, en una sala de juntas aséptica en el centro de Zúrich, el aire estaba tan frío como la muerte.
La sala, situada en el piso cincuenta de la Torre Thorne, estaba sumida en la penumbra. Solo el zumbido de los servidores y la luz azulada de una inmensa pantalla holográfica rompían el silencio.
Victoria Thorne estaba sentada en la cabecera de una mesa de obsidiana. Era la viva imagen de su hermano Julian: el mismo cabello rubio platino, cortado en un bob asimétrico tan afilado que podría cortar cristal, y los mismos ojos azules. Pero donde los ojos de Julian habían brillado con la locura de la obsesión, los de Victoria eran dos glaciares muertos. Calculadores. Vacíos.
La puerta se abrió con un siseo hidráulico. Un asistente joven, Weber, entró con una tablet apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
—Señora Thorne —la voz le temblaba—. El informe de campo acaba de llegar de He