Mientras en Finlandia los lobos aullaban a la luna celebrando la vida, a tres mil kilómetros de distancia, en una sala de juntas aséptica en el centro de Zúrich, el aire estaba tan frío como la muerte.
La sala, situada en el piso cincuenta de la Torre Thorne, estaba sumida en la penumbra. Solo el zumbido de los servidores y la luz azulada de una inmensa pantalla holográfica rompían el silencio.
Victoria Thorne estaba sentada en la cabecera de una mesa de obsidiana. Era la viva imagen de su herm