Había pasado un año. Un año de paz invernal, de reconstrucción y de pañales. Aunque, en la Mansión del Bosque Oscuro, "pañales" era un término relativo.
Abajo, en el gran salón decorado con miles de rosas blancas y luces de hadas, se escuchaba el estruendo de tres pequeños huracanes. Bjorn, Eirik y Thorsten acababan de cumplir su primer año, pero nadie lo diría. La sangre de Alfa puro había acelerado su crecimiento de forma sobrenatural. Parecían niños humanos de cinco años: corrían, hablaban con frases cortas y tenían la fuerza suficiente para arrancar las puertas de los armarios si se enfadaban.
—¡Thorsten, no electrocutes al pianista! —se oyó el grito desesperado de una niñera, seguido de una risa infantil y el sonido de estática.
Arriba, en la suite principal, el ambiente era muy diferente. Mikael ya estaba listo. Llevaba el traje de padrino, un esmoquin negro impecable que se ajustaba a sus hombros anchos como una segunda piel. Se estaba abrochando los gemelos de ónix frente al e