Habían pasado apenas doce meses desde su nacimiento, pero en el patio de entrenamiento de la Mansión, nadie diría que eran bebés. Los trillizos crecían a un ritmo vertiginoso. Físicamente aparentaban unos cinco o seis años humanos, pero sus mentes y sus instintos eran mucho más antiguos.
Mikael estaba en el centro del ring de nieve, sin camisa a pesar del frío, observando a sus hijos. Elena y Rose miraban desde el porche, con una mezcla de orgullo y terror de madre.
—¡Bjorn! ¡Posición! —ladró M