Habían pasado apenas doce meses desde su nacimiento, pero en el patio de entrenamiento de la Mansión, nadie diría que eran bebés. Los trillizos crecían a un ritmo vertiginoso. Físicamente aparentaban unos cinco o seis años humanos, pero sus mentes y sus instintos eran mucho más antiguos.
Mikael estaba en el centro del ring de nieve, sin camisa a pesar del frío, observando a sus hijos. Elena y Rose miraban desde el porche, con una mezcla de orgullo y terror de madre.
—¡Bjorn! ¡Posición! —ladró Mikael.
Bjorn, el segundo en nacer pero el más grande físicamente, avanzó. Tenía el cabello rubio oscuro y los hombros anchos. No tenía la agilidad de un niño; tenía la solidez de un tanque. —Sí, padre —dijo con voz grave para su edad.
—Atácame. No te contengas.
Bjorn rugió y cargó. No fue una carga torpe. Fue un placaje de técnica militar perfecta. Golpeó las piernas de Mikael con fuerza suficiente para romperle la rodilla a un humano normal. Mikael tuvo que usar su fuerza de Alfa para no retroc