En el otro extremo de la ciudad, lejos de los bosques salvajes y las auroras indómitas, el distrito financiero se alzaba como una fortaleza de cristal y acero. En el ático de uno de los edificios más exclusivos, el silencio reinaba de una forma casi litúrgica. No era un silencio de paz, sino de contención, como si las paredes de mármol estuvieran aguantando la respiración.
Ingrid, la que alguna vez fue conocida como la "Loba de Hielo" del Este, estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero del recibidor. Veinte años. Veinte largos inviernos encerrada en la Prisión de Hielo habían cobrado su precio.
Su cabello, antes de un rubio dorado que despertaba envidias, ahora era completamente blanco, un manto de nieve perpetua que caía sobre sus hombros huesudos. Su rostro conservaba la arquitectura de una belleza aristocrática, pero la piel parecía porcelana a punto de quebrarse. Sus ojos azules, antaño brillantes por la ambición desmedida, ahora eran pozos oscuros donde solo habitaba la cul