En el otro extremo de la ciudad, lejos de los bosques salvajes y las auroras indómitas, el distrito financiero se alzaba como una fortaleza de cristal y acero. En el ático de uno de los edificios más exclusivos, el silencio reinaba de una forma casi litúrgica. No era un silencio de paz, sino de contención, como si las paredes de mármol estuvieran aguantando la respiración.
Ingrid, la que alguna vez fue conocida como la "Loba de Hielo" del Este, estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de