A mil kilómetros de allí, en las desoladas tierras del Este, no había celebraciones. Solo había ruinas.
Ingrid llegó a la mansión de su padre al anochecer, arrastrándose, sucia, con la ropa hecha jirones y el espíritu roto. Esperaba encontrar un ejército reagrupándose. Esperaba que Jarl tuviera un plan B.
Pero las puertas de la mansión del Este estaban abiertas y rotas. No había guardias. Las banderas de su clan habían sido arrancadas y quemadas.
—¿Padre? —llamó Ingrid, su voz un graznido débil.
Unas luces potentes la cegaron de repente. —Ingrid del Este —dijo una voz amplificada—. Te estábamos esperando.
Ingrid se cubrió los ojos. Cuando su visión se adaptó, vio que no estaba sola. Una docena de Ejecutores del Consejo Provisional (formado por los Alphas aliados de Mikael) rodeaban el patio.
Y en el centro, arrodillado en la nieve, encadenado con grilletes de plata pesada, estaba Jarl. Su padre parecía haber envejecido cien años en una semana. Su mirada estaba perdida, derrotada. Habí