A mil kilómetros de allí, en las desoladas tierras del Este, no había celebraciones. Solo había ruinas.
Ingrid llegó a la mansión de su padre al anochecer, arrastrándose, sucia, con la ropa hecha jirones y el espíritu roto. Esperaba encontrar un ejército reagrupándose. Esperaba que Jarl tuviera un plan B.
Pero las puertas de la mansión del Este estaban abiertas y rotas. No había guardias. Las banderas de su clan habían sido arrancadas y quemadas.
—¿Padre? —llamó Ingrid, su voz un graznido débil