Thorsten Berg no caminaba por el vestíbulo del Aurora Glass Resort; lo patrullaba a través del espectro digital. Para él, el mundo no estaba hecho de madera y piedra, sino de variables, códigos y vulnerabilidades. Tres pantallas holográficas orbitaban su muñeca izquierda, proyectando un flujo de datos azul que solo él parecía comprender.
—Latencia en el sector siete de 0.4 segundos —murmuró, sus dedos bailando sobre el aire, reescribiendo el código de seguridad en tiempo real—. Inaceptable. Si un solo dron paparazzi logra triangular la posición de Eirik, mi hermano va a convertir este valle en un cráter humeante.
Estaba tan inmerso en la arquitectura de un firewall de nivel militar que su cerebro filtró el mundo físico como ruido de fondo irrelevante. No registró el perfume a cítricos y lluvia. No registró el repiqueteo de tacones.
El impacto fue una colisión de mundos.
¡PUM!
La lógica de Thorsten se estrelló contra una realidad muy sólida y femenina. Fue un caos cinético: bolsas de c