El Aurora Glass Resort no era simplemente un hotel; era una declaración de poder tallada en hielo y opulencia. Considerada la joya de la corona de las empresas Berg, la propiedad se extendía en lo profundo de la tundra de Laponia como un secreto multimillonario. Consistía en decenas de iglús de cristal térmico de última generación, dispersos estratégicamente por el bosque nevado para garantizar una privacidad absoluta. Estaban diseñados con una sola función: permitir que sus ocupantes vieran la