El Aurora Glass Resort no era simplemente un hotel; era una declaración de poder tallada en hielo y opulencia. Considerada la joya de la corona de las empresas Berg, la propiedad se extendía en lo profundo de la tundra de Laponia como un secreto multimillonario. Consistía en decenas de iglús de cristal térmico de última generación, dispersos estratégicamente por el bosque nevado para garantizar una privacidad absoluta. Estaban diseñados con una sola función: permitir que sus ocupantes vieran la danza de la aurora boreal desde la comodidad de sábanas de hilo egipcio.
Era hermoso, exclusivo y, esa noche en particular, respiraba un aire de solemnidad casi sagrada. El complejo estaba reservado casi en su totalidad para la familia Berg y su círculo más íntimo con motivo del memorial anual.
Un taxi se detuvo frente a la imponente entrada principal, rompiendo el silencio sepulcral del bosque. Las puertas se abrieron y dos mujeres bajaron al aire gélido, una con la elegancia de quien estudia