La puerta doble de caoba se abrió con un estruendo que hizo vibrar los cristales de la araña del techo.
Elena entró. Llevaba un vestido negro nuevo, impecable y afilado como una cuchilla, el cabello recogido en un moño severo y caminaba con una calma que cortó el caos de la habitación al instante. Detrás de ella, cerrando la puerta con un clic suave, venía Mikael. El Rey Alfa tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa de diversión en la cara, disfrutando descaradamente del espectáculo de ver a sus tres poderosos hijos convertidos en un desastre nervioso.
Elena se detuvo en el centro del salón y sus ojos avellana escanearon la escena del crimen. Miró la escarcha que trepaba peligrosamente por las paredes de seda. Miró a Thorsten, que caminaba en círculos murmurando algoritmos, con el cabello despeinado. Miró a Eirik, sentado en el sofá con la cabeza entre las manos, rodeado de una neblina ártica.
—Si rompéis un jarrón más —dijo Elena con voz suave, pero con ese tono letal que hacía