Las calles de Grayhaven nunca habían visto tanto movimiento federal. La llegada de más de una docena de agentes en vehículos negros rompió el silencio habitual del pueblo, generando un murmullo de sospecha entre los habitantes. La niebla, densa como siempre, parecía envolverlo todo con un velo de misterio y complicidad.
El sheriff Thomas se presentó en la plaza, rodeado de oficiales locales que no ocultaban su incomodidad. Frente a ellos, los agentes del FBI desplegaban equipos, revisaban calles, señalaban edificios. Las miradas se cruzaban como dagas: la autoridad federal y la local chocaban en terreno neutral.
Allyson observaba la escena desde un balcón del hotel, con Torres a su lado. Ver la insignia del FBI tan visible le producía sentimientos encontrados. Por un lado, la seguridad de no estar sola, de contar con respaldo. Por otro, la certeza de que la operación encubierta había muerto. Cualquier movimiento, cualquier conversación, sería vigilada por el pueblo entero.
—Esto va a