La niebla había caído más temprano de lo normal esa tarde. En cuestión de minutos, las calles de Grayhaven quedaron envueltas en un velo espeso que apagaba luces y voces. Era la clase de bruma que no solo ocultaba las formas: parecía absorber hasta los pensamientos. Nadie en el pueblo caminaba tranquilo esas noches. Los habitantes se encerraban temprano, los bares bajaban la música, y hasta los niños evitaban mirar hacia los ventanales.
En el aire flotaba algo que no era simple humedad: era mied