El reloj de pared marcaba las diez y media de la noche cuando Ethan Voos empujó suavemente la puerta de la pequeña biblioteca. El lugar olía a polvo antiguo, cuero gastado y madera húmeda. Sobre la mesa central, iluminada apenas por una lámpara de escritorio, reposaban varias carpetas apiladas con el sello de la Fundación Halcón Gris.
Lizzie Reynolds ya estaba allí, sentada con las manos cruzadas frente a los documentos, como si los custodiara. Se levantó apenas lo vio entrar y arqueó una ceja,