El silencio que siguió no fue incómodo, sino más bien lleno de entendimiento mutuo. Asteria dejó que su mano libre subiera para rozar suavemente la mejilla de Lysandra, quien cerró los ojos por un instante, como si estuviera memorizando cada detalle de ese contacto.
—Entonces, es un sí —dijo Asteria finalmente, su voz suave pero firme, mientras la sonrisa en sus labios crecía aún más.
Lysandra abrió los ojos, y su mirada se llenó de una mezcla de alivio y algo más profundo, algo que ninguna