Horas después de la intervención médica, el silencio de la habitación fue roto por un leve murmullo de sábanas. Hernán abrió los ojos con esfuerzo, como si levantar los párpados implicara atravesar una tormenta.
La luz blanca del hospital lo cegó por un instante. Le dolía todo el cuerpo. Sentía que cada respiración era una batalla.
A su lado, su médico sostenía una carpeta con estudios. Audrey estaba ahí también, sentada junto a la cama, con las manos entrelazadas, conteniendo la angustia en los