Brisa dio un paso atrás, con la mirada herida, los labios temblorosos. Su voz fue apenas un susurro cargado de dolor:
—Bien, nunca volveré a molestarte.
Helmer sintió un nudo en el pecho, una punzada que no esperaba. No pensó que esas palabras le dolerían tanto. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, y estiró el brazo, deteniéndola con suavidad, pero con urgencia.
—¡Brisa! —exclamó, mirándola fijamente—. ¿Qué harás? ¿Vas a… tener al bebé?
Brisa se quedó quieta. Un silencio tenso los envolvió du