Veinte años después.
Hermes caminaba de un lado a otro en su despacho. Tenía el ceño fruncido, las manos temblorosas y una carta arrugada en el puño.
La había leído tantas veces que ya se la sabía de memoria, pero aun así, no podía creer lo que sus ojos veían. No quería creerlo.
—No… esto no puede estar pasando —murmuró para sí, sintiendo que el corazón le latía en el pecho con una mezcla de furia, preocupación y, sobre todo, miedo.
Rossyn. Su niña. Su hija.
Su hija lo había sorprendido y decepc