—¡Hernán! —gritó Azul con un nudo en la garganta, desesperada, al ver cómo el cuerpo de su amado era conducido a toda prisa por los pasillos del hospital.
Ella corrió tras él, sin pensarlo, impulsada por el miedo que le carcomía el alma. Sus padres, Darina y Hermes, la siguieron a toda prisa, el rostro de cada uno marcado por la angustia, los ojos buscando respuestas que nadie les daba.
Pero apenas llegaron a la sala de urgencias, las puertas se cerraron en sus caras. No los dejaron pasar. Solo