Hernán no pudo más, solo asintió.
Ella le dio una bofetada con la fuerza del alma rota.
—¡¿Por eso abandonaste a Azul?! ¿Por eso te escondiste como un cobarde? —le gritó entre sollozos, golpeándolo con ambos puños apretados contra el pecho—. ¡¿Y no pensaste en mí?! ¡¿En mamá, en papá?!
Luego, sin fuerzas, lo abrazó con desesperación, como si al rodearlo pudiera impedir que la muerte lo alcanzara.
—No puedes morir… no tú. No mi hermano. No puedes dejarme. ¡No quiero que te vayas, Hernán!
Hernán y