Darina bajó del taxi con el cuerpo tembloroso y la mente sumida en un torbellino de pensamientos desbocados.
No llevaba nada más que la incertidumbre y el miedo.
La estación de tren de Mayrit bullía de vida, pero para ella cada rostro era una sombra, cada sonido, un eco lejano.
«¿A dónde iré? ¿Cómo escapar de este laberinto de acusaciones? Si me quedo, me encontrarán… me condenarán. ¡Soy inocente! Pero, ¿a quién le importa ya? No tengo nada… ni a nadie… salvo a mis hijos. No puedo permitir que m